2da parte- Amor de María a Dios

 



2. AMOR DE MARÍA A DIOS
1. María, madre del perfecto amor a Dios

Dice san Anselmo: Donde hay mayor pureza, allí hay más amor. Cuanto más puro es un corazón y más vacío de sí mismo, tanto más estará lleno de amor a Dios. María santísima, porque fue humilde y vacía de sí misma, por lo mismo estuvo llena del divino amor, de modo que progresó en ese amor a Dios más que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Como escribe san Bernardino, supera a todas las criaturas en el amor hacia su Hijo. Por eso san Francisco de Sales la llamó con razón la reina del amor.

El Señor ha dado al hombre el mandamiento de amarlo con todo el corazón: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” (Mt 22, 37). Este mandamiento no lo cumplirán perfectamente los hombres en la tierra, sino en el cielo. Y sobre esto reflexiona san Alberto Magno que sería impropio de Dios dar un mandamiento que nadie pudiera cumplir perfectamente. Pero gracias a la Madre de Dios este mandamiento se ha cumplido perfectamente. Estas son sus palabras: O alguno cumple este mandamiento o ninguno.

Pero si alguno lo ha cumplido, ésa ha sido la Santísima Virgen. Esto lo confirma Ricardo de San Víctor diciendo: La Madre de nuestro Emmanuel fue perfecta en todas sus virtudes. ¿Quién como ella cumplió jamás el mandamiento que dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón? El amor divino fue tan poderoso en ella que no tuvo imperfección alguna. El amor divino, dice san Bernardo, de tal manera hirió y traspasó el alma de María que no quedó en ella nada que no tuviera la herida del amor, de modo que cumplió sin defecto alguno este mandamiento. María podía muy bien decir: Mi amado se me ha entregado a mí y yo soy toda para mi amado. “Mi amado para mí y yo para mi amado” (Ct 2, 16). Hasta los mismos serafines, dice Ricardo, podían bajar del cielo para aprender en el corazón de María cómo amar a Dios.

2. María amó a Dios en plenitud
Dios, que es amor (1Jn 4, 8), vino a la tierra para inflamar a todos en el divino amor. Pero ningún corazón quedó tan inflamado como el de su Madre, que siendo del todo puro y libre de afecto terrenales estaba perfectamente preparado para arder en este fuego bienaventurado. Así dice san Jerónimo: Estaba del todo incendiada con el divino amor, de modo que nada mundano estorbaba el divino afecto, sino que todo era un ardor continuo y un éxtasis en el piélago del amor.

El corazón de María era todo fuego y todo llamas, como se lee en los Sagrados Cantares: “Dardos de fuego son sus saetas, una llama de Yavé” (Ct 8, 6). Fuego que ardía desde dentro, como explica san Anselmo, y llamas hacia fuera iluminando a todos con el ejercicio de todas las virtudes. Cuando María llevaba a su Jesús en brazos podía decirse que era un fuego llevando a otro fuego. Porque como dice san Ildefonso, el Espíritu Santo inflamó del todo a María como el fuego al hierro, de manera que en ella sólo se veía la llama del Espíritu Santo, y por tanto sólo se advertían en ella las llamas del divino amor. Dice santo Tomás de Villanueva que fue símbolo del corazón de la Virgen la zarza sin consumirse que vio Moisés. Por eso, dice san Bernardo, fue vista por san Juan vestida de sol. “Apareció una gran señal en el cielo: la mujer vestida del sol” (Ap. 12, 1). Tan unida estuvo a Dios por el amor dice el santo, que no es posible lo esté más ninguna otra criatura.

Por esto, asegura san Bernardino, la Santísima Virgen no se vio jamás tentada del infierno, porque así como las moscas huyen de un gran incendio, así del corazón de María, todo hecho llamas de caridad, se alejaban los demonios sin atreverse jamás a acercarse a ella. Dice Ricardo de modo semejante: La Virgen fue terrible para los príncipes de las tinieblas, de modo que ni pretendieron aproximarse a ella para tentarla, pues les aterraban las llamas de su caridad. Reveló la Virgen a santa Brígida que en este mundo no tuvo otro pensamiento ni otro deseo ni otro gozo más que a Dios. Escribe el P. Suárez: Los actos de amor que hizo la bienaventurada Virgen en esta vida fueron innumerables, pues pasó la vida en contemplación reiterándolos constantemente. Pero me agrada más lo que dice san Bernardino de Bustos, y es que María no es que repitiera constantemente los actos de amor, como hacen los otros santos, sino que por singular privilegio amaba a Dios con un continuado acto de amor.

3. María hizo de su vida un acto de amor continuo
Como águila real, estaba siempre con los ojos puestos en el divino sol, de manera tal, dice san Pedro Damiano, que las actividades de la vida no le impedían el amor, ni el amor le obstaculizaba las actividades. Así es que María estuvo figurada en el altar de la propiciación en el que nunca se apagaba el fuego ni de noche ni de día.

Ni aun el sueño impedía a María amar a Dios. Y si semejante privilegio se concedió a nuestros primeros padres en el estado de inocencia, como afirma san Agustín, diciendo que tan felices eran cuando dormían como cuando estaban despiertos, no puede negarse que semejante privilegio lo tuvo también la Madre de Dios, como lo reconocen entre otros san Bernardino y san Ambrosio, que dejó escrito hablando de María: Cuando descansaba su cuerpo, estaba vigilante su alma, verificándose en ella lo que dice el Sabio: “No se apaga por la noche su lámpara” (Pr 31, 18).

Y así es, porque mientras su cuerpo sagrado tomaba el necesario descanso, su alma, dice san Bernardino, libremente tendía hacia Dios, y así era más perfecta contemplativa de lo que hayan sido los demás cuando estaban despiertos.
De modo que bien podía decir con la Esposa: “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (Ct 5, 2). Era, como dice Suárez, tan feliz durmiendo como velando.

En suma, afirma san Bernardino, que María, mientras vivió en la tierra, constantemente estuvo amando a Dios. Y dice que ella no hizo sino lo que la divina sabiduría le mostró que era lo más agradable a Dios, y que lo amó tanto cuanto entendió que debía ser amado por ella. De manera que, habla san Alberto Magno, bien pudo decirse que María estuvo tan llena de santa caridad que es imposible imaginar nada mejor en esta tierra. Creemos, sin miedo a ser desmedidos, que la Santísima Virgen, por la concepción del Hijo de Dios recibió tal infusión de caridad cuanto podía recibir una criatura en la tierra. Por lo que dice santo Tomás de Villanueva que la Virgen con su ardiente caridad fue tan bella y de tal manera enamoró a su Dios, que él, prendado de su amor, bajó a su seno para hacerse hombre. Esta Virgen con su hermosura atrajo a Dios desde el cielo y prendido por su amor quedó atado con los lazos de nuestra humanidad. Por esto exclama san Bernardino: He aquí una doncella que con su virtud ha herido y robado el corazón de Dios.

4. María desea que amemos a Dios 
Y porque la Virgen amó tanto a su Dios, por eso lo que más pide a sus devotos es que lo amen cuanto puedan. Así se lo dijo a la beata Ángela de Foligno: Ángela, bendita seas por mi Hijo; procura amarlo cuanto puedas. Y a santa Brígidale dijo: Si quieres estar unida a mí, ama a mi Hijo. Nada desea María como ver amado a su amado que es el mismo Dios. Pregunta Novarino: Por qué la Santísima Virgen suplicaba a los ángeles con la Esposa de los Cantares que hicieran conocer a su Señor el gran amor que le tenía al decir: “Yo os conjuro, hijas de Jerusalén; si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar? Que enferma estoy de amor” (Ct 5, 8).

¿Es que no sabía Cristo cuánto la amaba? ¿Por qué le muestra la herida al amado que se la hizo? Responde el autor citado que con esto la Madre de Dios quiso mostrar su amor, no a Dios, sino a nosotros, para que así como ella estaba herida, pudiera herirnos a nosotros con el amor divino. Para herir la que estaba herida. Y porque ella fue del todo llamarada de amor a Dios, por eso a todos los que la aman y se le acercan María los inflama y los hace semejantes a ella. Santa Catalina de Siena la llamaba la portadora del fuego del divino amor. Si queremos también nosotros arder en esta divina llama, procuremos acudir siempre a nuestra Madre con las plegarias y con los afectos.

María, reina del amor, eres la más amable, la más amada y la más amante de todas las criaturas. Como te decía san Francisco de Sales: Madre mía, tú que ardes siempre y toda en amor a Dios, dígnate hacerme partícipe, al menos, de una chispita de ese amor. Tú rogaste a tu Hijo por aquellos esposos a los que les faltaba el vino diciéndole: “No tienen vino”. ¿No rogarás por nosotros a los que nos falta el amor de Dios, nosotros que tan obligados estamos a amarlo? Dile simplemente: “No tienen amor”, y alcánzanos ese amor. No te pido otra gracia más que ésta. Oh Madre, por el amor que tienes a Jesús, ruega por nosotros.
Amén.